La siesta tiene 2.500 años y la NASA confirma que funciona (en 20 minutos)

«Siesta» viene del latín «hora sexta», el mediodía romano. Dos mil quinientos años después, la NASA, la Clínica Mayo y la Universidad de Harvard coinciden: dormir 10-20 minutos a esa hora mejora el rendimiento un 34%.

Tumbona de madera con cojines de lino crema bajo una higuera, junto a una mesa con un café, un reloj despertador y un libro abierto

La palabra «siesta» viene del latín hora sexta, la sexta hora del día romano, que caía hacia el mediodía. Era el momento en que la jornada laboral se detenía. Dos mil quinientos años después, la NASA, la Universidad de Harvard y la Clínica Mayo coinciden en lo mismo: dormir entre diez y veinte minutos a esa misma hora mejora el rendimiento cognitivo. La costumbre no era ociosa: era fisiológica.

De Plinio a la NASA

El descanso de mediodía está documentado desde la antigüedad clásica. Plinio el Viejo, en el siglo I d.C., habla en su Naturalis Historia de la cesatio meridiana, la pausa del mediodía, como una costumbre tan asentada que ni siquiera merece explicarse. Las jornadas laborales romanas terminaban hacia la sexta hora del día (que se contaba desde el amanecer), y los romanos, sencillamente, dormían.

Esa misma pausa atraviesa los siglos. La adoptan los benedictinos en sus monasterios (de hecho, la regla de San Benito del siglo VI prevé un descanso después de la sexta hora canónica). La conservan los reinos cristianos medievales como costumbre rural de verano. Y se consolida en España, Italia, Grecia y América Latina como rasgo cultural distintivo a partir del siglo XVI.

El siglo XX podría haberla matado, con sus jornadas continuas, sus horarios anglosajones de nueve a cinco y su productivismo industrial. Pero entonces, paradójicamente, llegó la ciencia.

Por qué la siesta tiene «hora sexta» en su nombre

Conviene aclarar una confusión frecuente. El día romano se dividía en doce horas diurnas, contadas desde el amanecer hasta el anochecer. La duración de cada hora variaba según la estación, pero las posiciones eran constantes. La «hora prima» era inmediatamente después del amanecer; la «hora sexta», hacia el mediodía solar; la «hora nona», hacia las tres de la tarde; y la «duodécima», justo antes del ocaso.

Por simplificación de la pronunciación, sexta hora se transformó fonéticamente en castellano en siesta (latín tardío sexta → castellano antiguo siesta, con la diptongación habitual de la e tónica en ie). El descanso pasó a llamarse, por metonimia, con el nombre de la hora.

Curiosamente, otras lenguas conservaron variantes del mismo término. El portugués usa «sesta», el italiano «siesta» (mismo préstamo del español) y muchos dialectos del francés meridional «sieste». El término técnico inglés «siesta» entró en el siglo XVII como préstamo directo del castellano.

Lo que dice la ciencia

El estudio que más sólidamente ha rehabilitado la siesta es la investigación encargada por la NASA en 1995 a David F. Dinges, hoy en la Universidad de Pensilvania. Dinges quería entender por qué algunos pilotos de vuelos transoceánicos rendían mejor que otros en simuladores nocturnos. El experimento midió la respuesta a una siesta planificada de entre 26 y 40 minutos durante el vuelo.

El resultado: los pilotos que durmieron una siesta de unos veintiséis minutos mejoraron su rendimiento cognitivo un treinta y cuatro por ciento y su nivel de alerta un cincuenta y cuatro por ciento respecto al grupo de control. El estudio se publicó en la revista Aviation, Space, and Environmental Medicine y desde entonces se ha replicado decenas de veces.

Investigaciones posteriores de la Clínica Mayo (2017), la Escuela de Salud Pública de Harvard (2019) y el Instituto Karolinska de Estocolmo (2021) han confirmado el patrón: una siesta breve, situada entre el mediodía y las tres de la tarde, mejora la memoria de trabajo, reduce el cortisol y disminuye el riesgo cardiovascular cuando se hace de forma regular y moderada.

El consenso actual sobre los beneficios de la siesta breve es uno de los pocos puntos en los que coinciden tradiciones culturales mediterráneas, asiáticas (la siesta japonesa, llamada inemuri, está institucionalizada en muchas empresas) y nórdicas (los powernap pods de las oficinas escandinavas).

La regla de los 20 minutos

La duración importa muchísimo. La fisiología del sueño se organiza en ciclos de unos noventa minutos. Si pasamos del minuto veinte sin despertarnos, entramos en fase de sueño profundo (fase N3), de la que despertarse es desagradable: produce lo que los neurólogos llaman inercia del sueño, esa sensación de aturdimiento y mal humor que dura entre veinte y sesenta minutos.

La regla de oro que comparten los investigadores es sencilla:

  • Diez a veinte minutos: la siesta óptima. Suficiente para recuperar alerta, demasiado corta para entrar en sueño profundo. Te despiertas descansado.
  • Treinta minutos: zona gris. Probable inercia del sueño al despertar.
  • De sesenta a noventa minutos: solo aconsejable si no has dormido suficiente la noche previa. Permite completar un ciclo entero y despertar al final de él.
  • Más de noventa minutos durante el día: contraproducente. Interfiere con el sueño nocturno y, según un metaanálisis del Instituto Karolinska, se asocia con mayor riesgo cardiovascular en estudios observacionales.

Cómo se hace una siesta de manual

La siesta perfecta, según el protocolo que recomienda la Clínica Mayo:

  1. Hora: entre las 13:00 y las 15:00. Antes, no hay sueño suficiente; después, interfiere con el descanso nocturno.
  2. Lugar: en penumbra, fresco, sin ruidos intrusivos. Una habitación con persiana bajada, no necesariamente una cama: un sofá o una silla reclinable bastan.
  3. Duración programada: alarma a los veinte minutos. Si te duermes en cinco, descansas quince. Si tardas en dormirte, sigue valiendo como descanso pasivo.
  4. El truco del café: tomarse un café justo antes de tumbarse. La cafeína tarda entre veinte y treinta minutos en surtir efecto, así que el café actúa precisamente cuando suena la alarma. Lo bautizaron como caffeine nap los investigadores británicos que lo estudiaron en la Universidad de Loughborough.
  5. Al despertar: luz natural inmediata. Diez minutos de luz directa o, si no hay sol, una bombilla de espectro completo. Bloquea el residuo de melatonina y restaura la alerta.

Una vieja costumbre con sello científico

Lo curioso de la siesta es que la cultura popular ha conservado durante dos mil quinientos años una práctica fisiológica que la neurología ha tardado en medir hasta finales del siglo XX. Plinio el Viejo no necesitaba un electroencefalograma para saber que tras la sexta hora del día el cuerpo se ralentizaba: lo había visto en sus criados, en sus soldados, en sí mismo.

La siesta no era ociosa, ni meridional, ni distintiva: era —y sigue siendo— una respuesta biológica a un descenso natural del ritmo circadiano que ocurre en todas las personas adultas hacia el mediodía, en cualquier latitud. Lo que cambian son los hábitos culturales: algunas sociedades la integran, otras la suprimen y la sustituyen por cafeína.

Si la próxima vez que te entren ganas de echar una cabezada después de comer te sientes culpable, recuerda que tienes a Plinio el Viejo, a la NASA y a la Clínica Mayo de tu lado.

Origen de la palabra
Latín hora sexta, la sexta hora del día romano (mediodía)
Estudio fundacional moderno
David F. Dinges para la NASA, 1995
Duración óptima
Entre 10 y 20 minutos
Hora ideal
Entre las 13:00 y las 15:00
Truco del café (caffeine nap)
Café justo antes de dormir; despierta cuando hace efecto (20-30 minutos)
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